viernes, 11 de junio de 2010

Soluciones para la crisis...¡pido no!

Nada más lejos de mi intención que hacer de este blog una tribuna política. Pretende más bien reflejar reflexiones sobre la vida misma. Lamentablemente, en la vida misma la política está en el punto de mira. Debio a esto he decidido dedicar mis tres próximos post a este repelente (que me repele) tema, para proseguir despueés con otros asuntos más vanales.
En el último mes, me atrevería a decir, todas las conversaciones que he tenido han acabado en despotriques sobre nuestros amigos los políticos.
Que si que mal que recorten los salarios a los trabajadores del sector público. Que si que bien que recorten los salarios a esos vagos funcionarios.
Señores, que bajen los salarios es una mala noticia, peor sería que el estado quiebre, eso sí, pero el funcionario de a pie no tiene la culpa. Apunten más arriba.
Señoras, no es cierto que siempre paguen los mismos. El sector privado lleva realizando su ajuste a través de despidos y, sí señor, bajadas de salarios, también. ¿Se olvidaron de que vamos a por los 5.000.000 de desempleados? Estos también pagan las consecuencias, y un poco más.
Aún así, la bajada de salarios producirá una caída del consumo lo que tendrá de nuevo consecuencias negativas para el consumo. Entonces ¿En qué quedamos? ¿El huevo o la gallina?
Que si que bien que suban los impuestos a los ricos. Que si que mal que suban la carga impositiva de las rentas más altas ya que propiciará la fuga de capitales.
Señores, si pagan los funcionarios, si pagan los trabajadores del sector privado, también tendrán que pagar algo los ricos, ¿Verdad?
Señoras, me da pánico que el umbral entre rico y pobre lo establezca una panda de sujetos que, en mi modesta opinión, ya han demostrado suficiente incompetencia en la gestión de un país. Pero eso es un tema que merece un post “ad hoc”.
Como siempre, y a riesgo de caer en la tibieza, me cuesta aceptar las posiciones extremas.
Cualquier media tiene consecuencias positivas y negativas, pero de nuevo se trata de confiar en aquellos que las toman, y ese es el principal problema que tenemos ahora en España. Cada vez somos menos los que nos fiamos de los que toman las medidas y los que las tomarán, y eso resulta muy descorazonador. Siempre nos queda la emigración.
Eso sí, señoras y señores, dejen por favor de pontificar acerca de la inminente convocatoria de elecciones generales.
Supongan, como padres de familia, que deciden dar un capón bien fuerte a su hijo. ¿La razón? Porque acaba de romper un jarrón de un valor enorme para la familia. El chaval no creo que esté muy contento, pero imagínese que en realidad el jarrón lo rompió usted. Es más, su hijo llevaba tiempo advirtiéndole de que el jarrón se caería si no lo cambiaba de sitio, pero no le hizo caso y aun así le hace pagar las consecuencias de su negligencia. ¿Le preguntaría en ese momento a su hijo si le quiere? Imagino que no, que esperaría lo máximo posible a que se le pasara el disgusto.
Pues eso. La diferencia con la realidad es que, hoy, el hijo podría denunciar al padre. Nosotros tendremos que esperar dos años.

sábado, 17 de abril de 2010

Bendita primavera

Un año más llegó la primavera, o eso dicen. La prima Vera, esa floreciente pariente que esperamos como agua de mayo, este año más que otros.
Hay varias formas por las que me doy cuenta de su llegada sin necesidad de mirar al calendario.
¿La explosión de color en la naturaleza? Todavía no la he visto.
¿Los rituales de cortejo de las avutardas en los campos de cereales? Hace tanto frio que todavía no se animan los machos a desplegar su plumaje.
¿Ese agradable picor en la nariz que me provoca una ristra de dieciocho estornudos seguidos? Las milagrosas vacunas del alergólogo me lo han quitado.

¿Qué cómo sé que es primavera entonces? Muy sencillo, porque el número de bostezos que emito por día se multiplica por cien.
Mientras acudo por las mañanas a mi trabajo con la singular alegría que me caracteriza a esas horas, manteniendo a duras penas mis párpados abiertos, la magnitud que despliega mi boca alcanza magnitudes que asustan a mis vecinos de automóvil.
La radio acompaña con anuncios de Ceregumiles, Jaleas reales, Micebrinas, Complejos vitamínicos y otros potingues que me indican que no soy la única gacela que circula por la mañana. No me consuela. Otro año la Prima Vera ha venido con la tía Astenia, quién, pese a su nombre, me provoca ganas de darme a la bebida.
Son solo unos días, eso sí, y en seguida tendré renovados ánimos para disfrutar de las terracitas, siempre y cuando Montesdeoca, Maldonado o Picazo anuncien de una santa vez, con su voz de anuncio de calzonillos, que el Tío anticiclón ha llegado.

Aún así, me gusta la primavera.

domingo, 11 de abril de 2010

Cordialmente le saludo y le abrazo afectuosamente

¿Es que nadie se ha dado cuenta de que los convencionalismos que utilizamos para despedirnos en las comunicaciones son totalmente ridículos?
Las coletillas del tipo un saludo, ¿Cordial? ¿Qué demonios significa? Oye, que si lo miras en el Diccionario de la Real Academia no puede ser más correcto, pero vamos, dime tú si te parece natural despedirte de un compañero con “un saludo”.
¿Qué fue del ¡Hasta luego!, nos vemos, adiós, hasta mañana, hablamos…? Entiendo que no son muy formales y acepto que en comunicaciones más serias puedan utilizarse pero la mayoría de nuestros e mails no lo son.
Últimamente he decidido emprender una cruzada en pro del sentido común y en contra de las estupideces que, por repetidas, hacemos nuestras. Trato de acabar mis correos electrónicos con un simple “nos mantenemos en contacto”, “Si tienes alguna duda, avísame” o un simple “gracias”. Supongo que nadie se dará cuenta de ello, pero yo estaré más contento.
Y ya el colmo es que finalizamos así hasta nuestras conversaciones telefónicas. Estamos a un paso de despedirnos así por la calle. Me veo con cara amable despidiendo al vecino en el ascensor, al que se digna a saludarme, claro, con un saludo muy cordial.
Hasta la vista

lunes, 5 de abril de 2010

El verdadero valor del cuponazo

El otro día entendí el verdadero valor de la lotería. Habitualmente no compro décimos, ni echo quinielas ni primitivas y mucho menos euromillones o cosas así.
Sin embargo hace un par de semanas pasé por delante de un quiosco de la ONCE y decidí invertir la no menospreciable suma de 3 € en aras de conseguir una rentabilidad del 3.000.000% y ganar 9 millones de euros. Se ve que no soy tonto. “Pa eso” he estudiado empresariales.
El cupón pasó a formar parte del amasijo de papelajos de mi cartera con más pena que gloria y con un escaso halo de fe en el premio, sin embargo al día siguiente todo cambio.

Me encontraba yo disfrutando de esa feliz sinfonía matutina de asfalto y polución, cómodamente sentado en mi coche en el atasco de camino a la oficina cuando mi mente, buscando un entretenimiento en tan singular momento ,decidió empezar a administrar los 9 millones de euros.

Cómo no, toda la familia se despediría de hipotecas y demás cargas. Para celebrar el acontecimiento por supuesto que habría que realizar varios viajes en clase business, mis padres a Nueva York, los de mi mujer a Bali, mi hermana y su marido a Japón, mis cuñados de safari, y nosotros por supuesto les acompañaríamos a todos.
Pero ahí acabaría el despilfarro ya que debía asegurarme de que el dinero aguantaba bien para estar desahogados el resto de nuestras vidas. Quizás me entretendría administrándolo yo mismo o tal vez no, tal vez escogiera a algún amigo de confianza que, a cambio de un generoso sueldo, se dedicará a sacar el máximo rendimiento a esa suma, y yo me dedicaría a mi blog y a hablar de mi libro. Está por ver.

Calculo que estuve en torno a media hora elucubrando sobre que haría y que no. Por supuesto que llegó el viernes y no gané ni el reintegro, pero creo que una inversión de 3 euros por 30 minutos de felicidad valió la pena. Trataré de comprar más a menudo.

domingo, 14 de marzo de 2010

Me gusta el furbol

El balompié es en su esencia un deporte noble, virtud de la que adolecen algunos de los que lo ponen en práctica.

Ídolos de masas, sobre todo de los más pequeños, resulta curioso que los señores futbolistas no pongan algo de esmero en comportarse como caballeros, y no pandilleros de a once, teniendo en cuenta que son un ejemplo para la juventud.

Cuando uno pasa por un patio de colegio y ve que los chiquillos se tiran al suelo simulando un codazo inexistente o un penalti que solo tuvo lugar en su mente guiado por el ferviente deseo de ganar por encima de cualquier ética, le dan ganas de coger a algún delantero y darle los azotes que pensamos merece el chiquillo.

Y qué me dicen de los escupitajos. Las estrellas con cuentas corrientes de cifras astronómicas, ¿No tienen a nadie que les informe que esa actitud se acerca más al porcino (con perdón del porcino) que al paladín?
Comprendo perfectamente que en el esfuerzo es posible que deseen expulsar la incómoda saliva, sin embargo me surge la duda de porque tenistas o baloncestistas no sufren la misma necesidad. ¿Será quizás un mal propio del fútbol?

Si es así, entonces, ya que a ellos no se les ha ocurrido solos ¿No cuentan estos célebres personajes con familiares o amigos cercanos que, desde el cariño, les informen que, después de cada buena jugada, 4 ó 5 millones de personas disfrutamos de tan desagradable escupidura gracias a esas cámaras de zoom extra super macro avanzado?

Cada jugador suele correr de cinco a seis kilómetros por partido. A una media de 1 escupitajo/Km, nos encontraríamos con 6 escupitajos por partido que, por 22 jugadores supondría 132 mondongos de flema en el campo.

Enlazando argumentos, sigo sin entender cómo pueden los jugadores lanzarse a la piscina a la mínima para simular la falta inexistente. ¿Se dan cuenta de la altísima probabilidad que hay de aterrizar sobre un charco repugnante? Vamos, yo en mi caso haría lo posible y lo imposible por mantenerme en pié.

Ya que perseguir la buena educación con ciertos sujetos se me antoja empresa compleja, apelo, señores, al disimulo. Escupan por lo menos cuando no les miremos.

lunes, 8 de marzo de 2010

Adolescente democracia

Cuando miro a mi alrededor me doy cuenta de que el consenso deambula por otros lares. Da igual el tema: la crisis, la guerra de Irak, las centrales nucleares, las pensiones; no conseguimos ponernos de acuerdo.
Dividimos España entre ricos y pobres, la derecha y la izquierda, anti-taurinos y taurómacos, capitalistas y comunistas, y para mi solo hay una división posible: razonables y extremistas.

¿Dónde ha quedado el sentido común? ¿Antes de opinar necesitamos saber cuál es la postura de nuestros líderes políticos, pandilla de descastados, cuando en nuestro interior sabemos que no les merecemos? Demos la bienvenida a la mesura, a la comprensión, a la conciliación.

¿Tan difícil es entender que las personas pensamos de forma distinta? ¿Tan difícil es entender que debemos estar agradecidos de que esto es así; de que si existiese un pensamiento único posiblemente el país se fuese al cuerno (aún más rápido)? Aunque nos mantengamos firmes en nuestros ideales, ¿Tan difícil es aceptar, que no compartir, opiniones diferentes?
Pues sí, aunque todos lo neguemos se ve que es muy complicado.
Quizás una razón, en nuestro país, sea la juventud democrática. Casi rozamos los treintaicinco tacos. Las personas a esa edad ya somos maduras, pero una nación parece que no.

Tengo la misma edad que la democracia y, sin ánimo de pecar de inmodestia, creo que he madurado bastante más que España, que se quedó en la adolescencia. Guiada por los sentimientos y las pasiones, más que por la razón. Corriente de impulsos carentes de raciocinio.

No todos crecemos igual. Algunos nunca lo hacen. Espero que España no sea de esos, ya que un servidor está harto de la crispación, de la intolerancia y de la falta de respeto, sea de la clase que sea. Uno solo quiere llegar a ser mono, y que no le obliguen a hacer las maletas.

jueves, 4 de marzo de 2010

Tributo a nuestros mayores

Este mundo ha cambiado. Ancestrales costumbres tales como cuidar de nuestros mayores cuando el inexorable gotear de los años les impide arreglárselas por si mismos forman parte del pasado. El frenético ritmo de vida que nos marca una sociedad agresiva, consumista e inmisericorde nos obliga a renunciar al hecho de devolver aquello que hemos recibido. A compensar todo el amor y cariño que hemos recibido hasta los veinte, treinta o cuarenta años, según el caso.
Somos jóvenes irresponsables, sin respeto por las canas… ¿o no? A lo mejor no todo está perdido.

Haciendo un ejercicio de imaginación, me visualizo a mi mismo llamando a las puertas de San Pedro:
- ¿Has sido bueno, hijo mío?
- Muy bueno, Santo Varón (usted, no yo). ¿Se puede?
- Un momento. ¿Diste de comer al hambriento, de beber al sediento y posada al peregrino?
- Hombre claro. Todos los días. ¿Puedo pasar ya?
- Cuidaste de tus padres con total dedicación, entrega, cariño y abnegación.
- Bueno… eh… siempre piensas que puedes hacer algo más…
- No te preocupes, hijo mío. No pasa nada. Sigue un poco más adelante y, pasada la ventanilla de la derecha, coges el ascensor y pulsas en el botón “Averno”.
- Pero… San Pedro, buen hombre y mártir… no se…
- De verdad, no te preocupes. Tú dices que vas de mi parte al de la entrada.

En momentos críticos el ingenio de uno aflora con toda energía por lo que rebusco en mi coco buscando algún argumento que me prive de un desenlace tan poco atractivo. Según encamino mis pasos al ascensor me doy la vuelta:
- San Pedro, gentil hombre, ¿Usted tiene ordenador?
- Claro, hijo mío, claro. Soy un hombre de mi tiempo.
- ¿Navega por Internet?
- Bueno, hago mis pinitos. ¿Por qué?
- ¿Y tiene usted hijos?
- Sí, sí – Contesta el apóstol intrigado.
- Hijos que supongo le harán saber que el escritorio no es una mesa. Las ventanas no necesitan de picaporte para abrirse y cerrarse, bastan con pulsar la crucecita de arriba a la derecha. El ratón no es un roedor. Para navegar no hace falta un barco, basta con pulsar el iconito de la e. Adjunta, envía, cierra, bandeja de entrada, maximiza, copia, corta, pega, archivo, herramientas, opciones,…
- Pasa, hijo, pasa. Y pregunta por Job que te dará algún consejo.