Desde luego que no me considero científico, ni especialmente analítico u observador. Pero sí observo aquello que me gusta. La naturaleza, los arboles, los animales me encantan.
Siempre que puedo me escapo a verlos, y si no, pues me conformo con los reportajes de la tele, o incluso con las fotos y videos que amigos te envían por correo electrónico.
Fue viendo uno de estos videos, que me envió mi madre por cierto, cuando acabé de confirmar una teoría que llevaba tiempo rondando por mi cabeza. Eran unos simpáticos chimpancés. Dos pequeños se acercaban, uno detrás de otro a la orilla de un río arrastrados por la curiosidad. Mientras el primero de ellos se asomaba, posiblemente para contemplar por primera vez su reflejo en el agua, el segundo alargó tímidamente la mano y, casi sin querer, empujo a su hermano al agua.
El resto sucedió muy rápido: la víctima cayó al agua desconcertada mientras el pequeño truhán se daba a la fuga asustado por su osadía. La madre entró en escena como un rayo para socorrer al remojado simio y le rescató con un abrazo lleno de ternura mientras fulminaba con la mirada al hermano culpable.
El parecido con el género humano es asombroso. No me negareis que esta historieta podría haber sucedido perfectamente a la orilla de una piscina de verano, entre dos chiquillos.
Esta anécdota por separado podría no significar mucho, pero si observas más de cerca el comportamiento de los primates, concretamente los chimpancés, o te interesas por los estudios sobre su inteligencia, sus hábitos familiares o sociales, no queda ninguna duda sobre la similitud de nuestras especies, mono y hombre, y su cercanía en la teoría de la evolución.
Es más, si nos fijamos bien, también existe gran parecido en cuanto a los rasgos físicos, de algunos más que otros, eso sí.
Sin ánimo de profundizar en demasía, para no aburrir al lector incauto, creo que nadie podrá rebatirme la siguiente afirmación: el mono desciende del hombre.
Si nos fiamos de las teorías de Darwin, recogidas en “El origen de las especies” (hay gente muy lista que dice que son verdad, así que yo me lo creo), las especies están en continua evolución, por lo que mi tesis tiene todo el sentido.
Entiendo que puede ser un poco difícil de aceptar por algunos. Es como la zanahoria que nunca alcanza el burro. Algo que solo disfrutarán los tataranietos de nuestros tataranietos, pero es así. Cuando hayamos evolucionado lo suficiente no existirán las guerras, solo defenderemos nuestro territorio con alguna mueca y grito amenazador, y nuestro vecino se quedará encantado en el territorio contiguo. Jamás se le ocurrirá reclutar a sus congéneres para conquistarnos.
Aprenderemos a convivir en paz con la naturaleza. Tomaremos de ella solo lo que necesitamos para sobrevivir sin expoliarla. Lo siento por Zara y el corte inglés, pero pulularemos por la tierra tan contentos con las mangancias al aire (los peludos iremos más calentitos).
Desaparecerá el estrés, la angustia, la presión en el trabajo ya que el equilibrio natural nos prestará todo lo necesario.
No habrá grandes líderes políticos que nos dirigirán con grandes palabras, y no tan grandes hechos, hacia no se sabe bien qué. Solo habrá un jefe que defienda al grupo, y cuando no lo haga bien, otro le sustituirá. De hecho, no necesitaremos el lenguaje, posiblemente para evitar peligrosas diatribas. No necesitaremos la palabra para entendernos.
Desaparecerán las barrigas porque moveremos más el trasero en vez de estar sentados delante del ordenador escribiendo absurdas reflexiones.
Renunciaremos a algunas cosas claro. La música clásica, la buena literatura, el teatro o las cañitas con los amigos, pero la verdad es que ya hemos empezado a hacerlo.
Lo tenemos ahí mismo. Delante de nuestros hocicos, sin embargo no nos ponemos de acuerdo para alcanzarlo. Posiblemente sea porque no podemos saltarnos la evolución aunque lo intentemos, y no nos damos cuenta porque todavía somos una raza primitiva, sin saberlo.