domingo, 14 de marzo de 2010

Me gusta el furbol

El balompié es en su esencia un deporte noble, virtud de la que adolecen algunos de los que lo ponen en práctica.

Ídolos de masas, sobre todo de los más pequeños, resulta curioso que los señores futbolistas no pongan algo de esmero en comportarse como caballeros, y no pandilleros de a once, teniendo en cuenta que son un ejemplo para la juventud.

Cuando uno pasa por un patio de colegio y ve que los chiquillos se tiran al suelo simulando un codazo inexistente o un penalti que solo tuvo lugar en su mente guiado por el ferviente deseo de ganar por encima de cualquier ética, le dan ganas de coger a algún delantero y darle los azotes que pensamos merece el chiquillo.

Y qué me dicen de los escupitajos. Las estrellas con cuentas corrientes de cifras astronómicas, ¿No tienen a nadie que les informe que esa actitud se acerca más al porcino (con perdón del porcino) que al paladín?
Comprendo perfectamente que en el esfuerzo es posible que deseen expulsar la incómoda saliva, sin embargo me surge la duda de porque tenistas o baloncestistas no sufren la misma necesidad. ¿Será quizás un mal propio del fútbol?

Si es así, entonces, ya que a ellos no se les ha ocurrido solos ¿No cuentan estos célebres personajes con familiares o amigos cercanos que, desde el cariño, les informen que, después de cada buena jugada, 4 ó 5 millones de personas disfrutamos de tan desagradable escupidura gracias a esas cámaras de zoom extra super macro avanzado?

Cada jugador suele correr de cinco a seis kilómetros por partido. A una media de 1 escupitajo/Km, nos encontraríamos con 6 escupitajos por partido que, por 22 jugadores supondría 132 mondongos de flema en el campo.

Enlazando argumentos, sigo sin entender cómo pueden los jugadores lanzarse a la piscina a la mínima para simular la falta inexistente. ¿Se dan cuenta de la altísima probabilidad que hay de aterrizar sobre un charco repugnante? Vamos, yo en mi caso haría lo posible y lo imposible por mantenerme en pié.

Ya que perseguir la buena educación con ciertos sujetos se me antoja empresa compleja, apelo, señores, al disimulo. Escupan por lo menos cuando no les miremos.

lunes, 8 de marzo de 2010

Adolescente democracia

Cuando miro a mi alrededor me doy cuenta de que el consenso deambula por otros lares. Da igual el tema: la crisis, la guerra de Irak, las centrales nucleares, las pensiones; no conseguimos ponernos de acuerdo.
Dividimos España entre ricos y pobres, la derecha y la izquierda, anti-taurinos y taurómacos, capitalistas y comunistas, y para mi solo hay una división posible: razonables y extremistas.

¿Dónde ha quedado el sentido común? ¿Antes de opinar necesitamos saber cuál es la postura de nuestros líderes políticos, pandilla de descastados, cuando en nuestro interior sabemos que no les merecemos? Demos la bienvenida a la mesura, a la comprensión, a la conciliación.

¿Tan difícil es entender que las personas pensamos de forma distinta? ¿Tan difícil es entender que debemos estar agradecidos de que esto es así; de que si existiese un pensamiento único posiblemente el país se fuese al cuerno (aún más rápido)? Aunque nos mantengamos firmes en nuestros ideales, ¿Tan difícil es aceptar, que no compartir, opiniones diferentes?
Pues sí, aunque todos lo neguemos se ve que es muy complicado.
Quizás una razón, en nuestro país, sea la juventud democrática. Casi rozamos los treintaicinco tacos. Las personas a esa edad ya somos maduras, pero una nación parece que no.

Tengo la misma edad que la democracia y, sin ánimo de pecar de inmodestia, creo que he madurado bastante más que España, que se quedó en la adolescencia. Guiada por los sentimientos y las pasiones, más que por la razón. Corriente de impulsos carentes de raciocinio.

No todos crecemos igual. Algunos nunca lo hacen. Espero que España no sea de esos, ya que un servidor está harto de la crispación, de la intolerancia y de la falta de respeto, sea de la clase que sea. Uno solo quiere llegar a ser mono, y que no le obliguen a hacer las maletas.

jueves, 4 de marzo de 2010

Tributo a nuestros mayores

Este mundo ha cambiado. Ancestrales costumbres tales como cuidar de nuestros mayores cuando el inexorable gotear de los años les impide arreglárselas por si mismos forman parte del pasado. El frenético ritmo de vida que nos marca una sociedad agresiva, consumista e inmisericorde nos obliga a renunciar al hecho de devolver aquello que hemos recibido. A compensar todo el amor y cariño que hemos recibido hasta los veinte, treinta o cuarenta años, según el caso.
Somos jóvenes irresponsables, sin respeto por las canas… ¿o no? A lo mejor no todo está perdido.

Haciendo un ejercicio de imaginación, me visualizo a mi mismo llamando a las puertas de San Pedro:
- ¿Has sido bueno, hijo mío?
- Muy bueno, Santo Varón (usted, no yo). ¿Se puede?
- Un momento. ¿Diste de comer al hambriento, de beber al sediento y posada al peregrino?
- Hombre claro. Todos los días. ¿Puedo pasar ya?
- Cuidaste de tus padres con total dedicación, entrega, cariño y abnegación.
- Bueno… eh… siempre piensas que puedes hacer algo más…
- No te preocupes, hijo mío. No pasa nada. Sigue un poco más adelante y, pasada la ventanilla de la derecha, coges el ascensor y pulsas en el botón “Averno”.
- Pero… San Pedro, buen hombre y mártir… no se…
- De verdad, no te preocupes. Tú dices que vas de mi parte al de la entrada.

En momentos críticos el ingenio de uno aflora con toda energía por lo que rebusco en mi coco buscando algún argumento que me prive de un desenlace tan poco atractivo. Según encamino mis pasos al ascensor me doy la vuelta:
- San Pedro, gentil hombre, ¿Usted tiene ordenador?
- Claro, hijo mío, claro. Soy un hombre de mi tiempo.
- ¿Navega por Internet?
- Bueno, hago mis pinitos. ¿Por qué?
- ¿Y tiene usted hijos?
- Sí, sí – Contesta el apóstol intrigado.
- Hijos que supongo le harán saber que el escritorio no es una mesa. Las ventanas no necesitan de picaporte para abrirse y cerrarse, bastan con pulsar la crucecita de arriba a la derecha. El ratón no es un roedor. Para navegar no hace falta un barco, basta con pulsar el iconito de la e. Adjunta, envía, cierra, bandeja de entrada, maximiza, copia, corta, pega, archivo, herramientas, opciones,…
- Pasa, hijo, pasa. Y pregunta por Job que te dará algún consejo.