El otro día entendí el verdadero valor de la lotería. Habitualmente no compro décimos, ni echo quinielas ni primitivas y mucho menos euromillones o cosas así.
Sin embargo hace un par de semanas pasé por delante de un quiosco de la ONCE y decidí invertir la no menospreciable suma de 3 € en aras de conseguir una rentabilidad del 3.000.000% y ganar 9 millones de euros. Se ve que no soy tonto. “Pa eso” he estudiado empresariales.
El cupón pasó a formar parte del amasijo de papelajos de mi cartera con más pena que gloria y con un escaso halo de fe en el premio, sin embargo al día siguiente todo cambio.
Me encontraba yo disfrutando de esa feliz sinfonía matutina de asfalto y polución, cómodamente sentado en mi coche en el atasco de camino a la oficina cuando mi mente, buscando un entretenimiento en tan singular momento ,decidió empezar a administrar los 9 millones de euros.
Cómo no, toda la familia se despediría de hipotecas y demás cargas. Para celebrar el acontecimiento por supuesto que habría que realizar varios viajes en clase business, mis padres a Nueva York, los de mi mujer a Bali, mi hermana y su marido a Japón, mis cuñados de safari, y nosotros por supuesto les acompañaríamos a todos.
Pero ahí acabaría el despilfarro ya que debía asegurarme de que el dinero aguantaba bien para estar desahogados el resto de nuestras vidas. Quizás me entretendría administrándolo yo mismo o tal vez no, tal vez escogiera a algún amigo de confianza que, a cambio de un generoso sueldo, se dedicará a sacar el máximo rendimiento a esa suma, y yo me dedicaría a mi blog y a hablar de mi libro. Está por ver.
Calculo que estuve en torno a media hora elucubrando sobre que haría y que no. Por supuesto que llegó el viernes y no gané ni el reintegro, pero creo que una inversión de 3 euros por 30 minutos de felicidad valió la pena. Trataré de comprar más a menudo.
lunes, 5 de abril de 2010
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